Búsqueda personalizada

SAMANTHA la niña sin pelo.



Erase una vez una niña que se llamaba Samantha que vivía sola y muy triste porque su cabecita no tenía un solo pelo a consecuencia de un incendio en el que perdió a toda su familia.
Todos sus amigos se burlaban de ella, así que decidió ponerse un sombrero y no sacárselo nunca.
Un día estaba caminando por el parque, cuando empezó a soplar un viento terrible y para mala suerte su sombrero voló muy lejos. Trató de alcanzarlo pero el viento era tan fuerte que el sombrero desapareció.
Se sentó en una banca a llorar, tapándose la cabeza con las manos; estaba así largo rato, cuando de pronto pasó por allí una viejecita de aspecto amable, que al ver a la niña llorar le preguntó que le pasaba.
La niña no quería contar a nadie su problema, pero la viejecita al ver que la niña no tenía pelo y había mucho viento le dijo: “yo se que tienes frío, cúbrete la cabeza con este pañuelo y cuéntame por que lloras.
La niña al ver la amabilidad de la señora le contó su historia, la viejita quien no era otra cosa que un ángel terrenal, la escuchó muy atenta y se compadeció de ella y le dijo: Mira pequeña yo también sufro mucho, ya nadie toma en cuenta a las viejecitas y no saben que todavía uno se siente joven y eso me hace sufrir. Tú has confiado en mí y me has contado lo que te pasa así que te voy a ayudar.
Tengo un abrigo que te va a quedar muy bien y es mágico y te puede conceder hasta tres deseos, como es muy pequeño a mi no me queda y lo guardaba como un tesoro.
La niña se puso muy contenta pero como era muy desconfiada le dijo a la viejita que lo trajera, que ella esperaría allí. Y así fue, la viejita regresó trayéndole el abrigo.
Samantha se puso el abrigo que le quedaba de maravilla y, lo primero que pidió es tener una linda cabellera y, en menos de un minuto le creció un lindo cabello. Samantha se puso muy feliz y abrazó a la viejita y le dijo que el segundo deseo que iba a pedir era para la señora, quería que sea feliz y que reemplace a su madre que perdió en el incendio. A la viejita le gustó la idea, y después que la niña pidió el deseo se convirtió en una señora igualita a su mama.
El tercer y último deseo tenía que pedirlo con mucho cuidado, no lo podía desperdiciar y tenía que pedirlo pronto porque la magia solo duraba una hora.
Pensó y lo pensó y lo que necesitaba era tener dinero para poder estudiar y después trabajar para tener una vida decente para velar por esta buena señora que la había ayudado tanto.
Y así fue, se le concedieron los 3 deseos y fue muy feliz, y ….colorín colorado este cuento se ha acabado…..

(Maria Luz Novoa)

Cuento para niños: José y Sofía en el campo




Había una vez 2 hermanitos que se llamaban José y Sofía que vivían en el campo y se querían mucho.

Todos los días después de ayudar a su mama en los quehaceres de la casa, salían a jugar.

Un día estaban jugando a las escondidas y mientras José buscaba y buscaba a su hermana, sintió el llanto de una niña; pensando que era Sofía, miró por donde venia el llanto y encontró una casita pequeña casi totalmente cubierta por las plantas.

Miró por un agujero y vio a una niña muy linda que no dejaba de llorar. En ese momento llegó Sofía que también había escuchado a la niña y con su ayuda José logró subirse hasta una ventana que tenia barrotes. La niña lloraba sin cesar. José que era muy bueno le preguntó porque lloraba. La niña entre lágrimas les contó que se llamaba Daniela y que estaba allí porque un hombre y una mujer la habían llevado a ese lugar donde le iban a dar muchos caramelos y no la dejaban salir, llevaba allí unos días. Les dijo también que en ese momento estaba sola porque el hombre y la mujer habían salido. José y Sofía sin pensarlo dos veces decidieron ayudarla.

Lo primero que hicieron fue ir a su casa y avisar a sus padres. Pero antes dejaron señales para poder regresar sin dificultad.

Al enterarse los padres de los niños lo que había sucedido, decidieron llamar a la policía, éstos no tardaron en llegar. Guiados por José y Sofía llegaron al lugar y allí encontraron a la niña que todavía seguía llorando. Pero gran sorpresa esa niña que se llamaba Danielita, había sido secuestrada días antes y toda la policía la había estado buscando.

Los policías decidieron tomar presos a estos delincuentes; así que se escondieron y cuando regresaban los fascinerosos los tomaron prisioneros y los llevaron a la cárcel. Mientras tanto dieron aviso a los padres de Danielita que presurosos llegaron y encontraron a su adorada hijita sana y salva

José y Sofía se hicieron muy amigos de Daniela y esta niña nunca mas volvió a hablar con desconocidos y menos aun si le ofrecían regalarle caramelos o juguetes y…… Colorín colorado este cuento ha terminado .
Escrito por Maria Luz Novoa.

Cuentos infantiles: PULGARCITO



Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos ellos varones.Eran muy pobres y sus siete hijos eran una pesada carga ya que ninguno podía aún ganarse la vida. Sufrían además porque el menor era muy delicado y no hablaba palabra alguna, interpretando como estupidez lo que era un rasgo de la bondad de su alma. Era muy pequeñito y cuando llegó al mundo no era más gordo que el pulgar, por lo cual lo llamaron Pulgarcito.
Este pobre niño era en la casa el que pagaba los platos rotos y siempre le echaban la culpa de todo. Sin embargo, era el más fino y el más agudo de sus hermanos y, si hablaba poco, en cambio escuchaba mucho.
Sobrevino un año muy difícil, y fue tanta la hambruna, que esta pobre pareja resolvió deshacerse de sus hijos. Una noche, estando los niños acostados, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego le dijo:
—Tú ves que ya no podemos alimentar a nuestros hijos; ya no me resigno a verlos morirse de hambre ante mis ojos, y estoy resuelto a dejarlos perderse mañana en el bosque, lo que será bastante fácil pues mientras estén entretenidos haciendo atados de astillas, sólo tendremos que huir sin que nos vean.
—¡Ay! exclamó la leñadora, ¿serías capaz de dejar tu mismo perderse a tus hijos?
Por mucho que su marido le hiciera ver su gran pobreza, ella no podía permitirlo; era pobre, pero era su madre. Sin embargo, al pensar en el dolor que sería para ella verlos morirse de hambre, consistió y fue a acostarse llorando.
Pulgarcito oyó todo lo que dijeron pues, habiendo escuchado desde su cama que hablaban de asuntos serios, se había levantado muy despacio y se deslizó debajo del taburete de su padre para oírlos sin ser visto. Volvió a la cama y no durmió más, pensando en lo que tenía que hacer.
Se levantó de madrugada y fue hasta la orilla de un riachuelo donde se llenó los bolsillos con guijarros blancos, y en seguida regresó a casa. Partieron todos, y Pulgarcito no dijo nada a sus hermanos de lo que sabía. Fueron a un bosque muy tupido donde, a diez pasos de distancia, no se veían unos a otros. El leñador se puso a cortar leña y sus niños a recoger astillas para hacer atados. El padre y la madre, viéndolos preocupados de su trabajo, se alejaron de ellos sin hacerse notar y luego echaron a correr por un pequeño sendero desviado.
Cuando los niños se vieron solos, se pusieron a llorar a mares. Pulgarcito los dejaba gritar, sabiendo muy bien por dónde volverían a casa; pues al caminar había dejado caer a lo largo del camino los guijarros blancos que llevaba en los bolsillos. Entonces les dijo:
—No teman, hermanos; mi padre y mi madre nos dejaron aquí, pero yo los llevaré de vuelta a casa, no tienen más que seguirme.
Lo siguieron y él los condujo a su morada por el mismo camino que habían hecho hacia el bosque. Al principio no se atrevieron a entrar, pero se pusieron todos junto a la puerta para escuchar lo que hablaban su padre y su madre.
En el momento en que el leñador y la leñadora llegaron a su casa, el señor de la aldea les envió diez escudos que les estaba debiendo desde hacía tiempo y cuyo reembolso ellos ya no esperaban. —¡Ay! ¿qué será de nuestros pobres hijos? Buena comida tendrían con lo que nos queda. Pero también, Guillermo, fuiste tú el que quisiste perderlos. Bien decía yo que nos arrepentiríamos. ¿Qué estarán haciendo en ese bosque? ¡Ay!: ¡Dios mío, quizás los lobos ya se los han comido! .
La leñadora estaba deshecha en lágrimas.
—¡Ay! ¿dónde están ahora mis hijos, mis pobres hijos? Una vez lo dijo tan fuerte que los niños, agolpados a la puerta, la oyeron y se pusieron a gritar todos juntos:
—¡Aquí estamos, aquí estamos!
Ella corrió de prisa a abrirles la puerta y les dijo abrazándolos:
—¡Qué contenta estoy de volver a verlos, mis queridos niños! Están bien cansados y tienen hambre;

Se sentaron a la mesa y comieron con un apetito que deleitó al padre y la madre; contaban el susto que habían tenido en el bosque y hablaban todos casi al mismo tiempo. Estas buenas gentes estaban felices de ver nuevamente a sus hijos junto a ellos, y esta alegría duró tanto como duraron los diez escudos. Cuando se gastó todo el dinero, recayeron en su preocupación anterior y nuevamente decidieron perderlos; pero para no fracasar, los llevarían mucho más lejos que la primera vez.
No pudieron hablar de esto tan en secreto como para no ser oídos por Pulgarcito, quien decidió arreglárselas igual que en la ocasión anterior; pero aunque se levantó de madrugada para ir a recoger los guijarros, no pudo hacerlo pues encontró la puerta cerrada con doble llave. No sabía que hacer; cuando la leñadora, les dio a cada uno un pedazo de pan como desayuno; pensó entonces que podría usar su pan en vez de los guijarros, dejándolo caer a migajas a lo largo del camino que recorrerían; lo guardo, pues, en el bolsillo.
El padre y la madre los llevaron al lugar más oscuro y tupido del bosque y junto con llegar, tomaron por un sendero apartado y dejaron a los niños.
Pulgarcito no se afligió mucho porque creía que podría encontrar fácilmente el camino por medio de su pan que había diseminado por todas partes donde había pasado; pero quedó muy sorprendido cuando no pudo encontrar ni una sola miga; habían venido los pájaros y se lo habían comido todo.
Helos ahí, entonces, de lo más afligidos, pues mientras más caminaban más se extraviaban y se hundían en el bosque. Vino la noche, y empezó a soplar un fuerte viento que les producía un susto terrible. Por todos lados creían oír los aullidos de lobos que se acercaban a ellos para comérselos. Casi no se atrevían a hablar ni a darse vuelta. Empezó a caer una lluvia tupida que los caló hasta los huesos; resbalaban a cada paso y caían en el barro de donde se levantaban cubiertos de lodo, sin saber qué hacer con sus manos.
Pulgarcito se trepó a la cima de un árbol para ver si descubría algo; girando la cabeza de un lado a otro, divisó una lucecita como de un candil, pero que estaba lejos más allá del bosque. Bajó del árbol; y cuando llegó al suelo, ya no vio nada más; esto lo desesperó. Sin embargo, después de caminar un rato con sus hermanos hacia donde había visto la luz, volvió a divisarla al salir del bosque.
Llegaron a la casa golpearon a la puerta y una buena mujer les abrió. Les preguntó qué querían; Pulgarcito le dijo que eran unos pobres niños que se habían extraviado en el bosque y pedían albergue por caridad. La mujer, viéndolos a todos tan lindos, se puso a llorar y les dijo:
—¡Ay! mis pobres niños, ¿dónde han venido a caer? ¿Saben ustedes que esta es la casa de un ogro que se come a los niños?
—¡Ay, señora! respondió Pulgarcito que temblaba entero igual que sus hermanos, ¿qué podemos hacer? los lobos del bosque nos comerán con toda seguridad esta noche si usted no quiere cobijarnos en su casa. Siendo así, preferimos que sea el señor quien nos coma; quizás se compadecerá de nosotros, si usted se lo ruega.
La mujer del ogro, que creyó poder esconderlos de su marido hasta la mañana siguiente, los dejó entrar y los llevó a calentarse a la orilla de un buen fuego, pues había un cordero entero asándose al palo para la cena del ogro.
Cuando empezaban a entrar en calor, oyeron tres o cuatro fuertes golpes en la puerta: era el ogro que regresaba. En el acto la mujer hizo que los niños se ocultaran debajo de la cama y fue a abrir la puerta. El ogro preguntó primero si la cena estaba lista, si habían sacado vino, y en seguida se sentó a la mesa. Olfateaba a derecha e izquierda, diciendo que olía a carne fresca.
—Tiene que ser, le dijo su mujer, ese ternero que acabo de preparar lo que sentís.
—Huelo carne fresca, otra vez te lo digo, repuso el ogro mirando de reojo a su mujer, aquí hay algo que no comprendo.
Al decir estas palabras, se levantó de la mesa y fue derecho a la cama.
—¡Ah, dijo él, así me quieres engañar, maldita mujer! ¡No sé por qué no te como a ti también! Sacó a los niños de debajo de la cama, uno tras otro. Los pobres se arrodillaron pidiéndole misericordia; pero estaban ante el más cruel de los ogros quien, lejos de sentir piedad, los devoraba ya con los ojos y decía a su mujer que se convertirían en sabrosos bocados cuando ella les hiciera una buena salsa. Fue a coger un enorme cuchillo y mientras se acercaba a los infelices niños, lo afilaba en una piedra que llevaba en la mano izquierda. Ya había cogido a uno de ellos cuando su mujer le dijo:
—¿Qué queréis hacer a esta hora? ¿No tendréis tiempo mañana por la mañana?
—Cállate, repuso el ogro, así estarán más tiernos.
—Pero todavía tenéis tanta carne, replicó la mujer; hay un ternero, dos corderos y la mitad de un puerco
—Tienes razón, dijo el ogro; dales una buena cena para que no adelgacen, y llévalos a acostarse.
La buena mujer se puso contentísima, y les trajo una buena comida, pero ellos no podían tragar. de puro susto. En cuanto al ogro, siguió bebiendo, encantado de tener algo tan bueno para festejar a sus amigos. Bebió unos doce tragos más que de costumbre, que se le fueron un poco a la cabeza, obligándolo a ir a acostarse.
El ogro tenía siete hijas muy chicas todavía. Estas pequeñas ogresas tenían todas un lindo colorido pues se alimentaban de carne fresca, como su padre; pero tenían ojitos grises muy redondos, nariz ganchuda y boca grande con unos afilados dientes muy separados uno de otro. Aún no eran malvadas del todo, pero prometían bastante, pues ya mordían a los niños para chuparles la sangre.
Las habían acostado temprano, y estaban las siete en una gran cama, cada una con una corona de oro en la cabeza. En el mismo cuarto había otra cama del mismo tamaño; ahí la mujer del ogro puso a dormir a los siete muchachos, después de lo cual se fue a acostar al lado de su marido.
Pulgarcito; que había observado que las hijas del ogro llevaban coronas de oro en la cabeza y temiendo que el ogro se arrepintiera de no haberlos degollado esa misma noche, se levantó en mitad de la noche y tomando los gorros de sus hermanos y el suyo, fue despacito a colocarlos en las cabezas de las niñas, después de haberles quitado sus coronas de oro, las que puso sobre la cabeza de sus hermanos y en la suya a fin de que el ogro los tomase por sus hijas, y a sus hijas por los muchachos que quería degollar.
La cosa resultó tal como había pensado; pues el ogro, habiéndose despertado a medianoche, se arrepintió de haber dejado para el día siguiente lo que pudo hacer la víspera. Salió, pues, bruscamente de la cama, y cogiendo su enorme cuchillo:
—Vamos a ver, dijo, cómo están estos chiquillos; no lo dejemos para otra vez.
Subió entonces al cuarto de sus hijas y se acercó a la cama donde estaban los muchachos; todos dormían menos Pulgarcito que tuvo mucho miedo cuando sintió la mano del ogro que le tanteaba la cabeza, como había hecho con sus hermanos. El ogro, que sintió las coronas de oro:
—Verdaderamente, dijo, ¡buen trabajo habría hecho! Veo que anoche bebí demasiado.
Fue en seguida a la cama de las niñas donde, tocando los gorros de los muchachos:
—¡Ah!, exclamó, ¡aquí están nuestros mozuelos!, trabajemos con coraje.
Diciendo estas palabras, degolló sin trepidar a sus siete hijas. Muy satisfecho después de esta expedición, volvió a acostarse junto a su mujer.
Apenas Pulgarcito oyó los ronquidos del ogro, despertó a sus hermanos y les dijo que se vistieran rápido y lo siguieran. Bajaron muy despacio al jardín y saltaron por encima del muro. Corrieron durante toda la noche, tiritando siempre y sin saber a dónde se dirigían.
El ogro, al despertar, dijo a su mujer:
—Anda arriba a preparar a esos chiquillos de ayer.
Muy sorprendida quedó la ogresa ante la bondad de su marido sin sospechar de qué manera entendía él que los preparara; y creyendo que le ordenaba vestirlos, subió y cuál no seria su asombro al ver a sus siete hijas degolladas Empezó por desmayarse . El ogro, temiendo que la mujer tardara demasiado tiempo en realizar la tarea que le había encomendado, subió para ayudarla. Su asombro no fue menor que el de su mujer cuando vio este horrible espectáculo.
—¡Ay! ¿qué hice? exclamó. ¡Me la pagarán estos desgraciados, y en el acto!
—Dame pronto mis botas de siete leguas, le dijo, para ir a agarrarlos.
Se puso en campaña, y después de haber recorrido lejos de uno a otro lado, tomó finalmente el camino por donde iban los pobres muchachos que ya estaban a sólo cien pasos de la casa de sus padres. Vieron al ogro ir de cerro en cerro, y atravesar ríos con tanta facilidad como si se tratara de arroyuelos. Pulgarcito, que descubrió una roca hueca cerca de donde estaban, hizo entrar a sus hermanos y se metió él también, sin perder de vista lo que hacia el ogro.
Este, que estaba agotado de tanto caminar inútilmente (pues las botas de siete leguas son harto cansadoras), quiso reposar y por casualidad fue a sentarse sobre la roca donde se habían escondido los muchachos. Como no podía más de fatiga, se durmió después de reposar un rato, y se puso a roncar en forma tan espantosa que los niños se asustaron igual que cuando sostenía el enorme cuchillo para cortarles el pescuezo.
Pulgarcito sintió menos miedo, y les dijo a sus hermanos que huyeran de prisa a la casa mientras el ogro dormía profundamente y que no se preocuparan por él. Le obedecieron y partieron raudos a casa.
Pulgarcito, acercándose al ogro le sacó suavemente las botas y se las puso rápidamente. Las botas eran bastante anchas y grandes; pero como eran mágicas, tenían el don de adaptarse al tamaño de quien las calzara, de modo que se ajustaron a sus pies y a sus piernas como si hubiesen sido hechas a su medida. Partió derecho a casa del ogro donde encontró a su mujer que lloraba junto a sus hijas degolladas.
—Su marido, le dijo Pulgarcito, está en grave peligro; ha sido capturado por una banda de ladrones que han jurado matarlo si él no les da todo su oro y su dinero. En el momento en que lo tenían con el puñal al cuello, me divisó y me pidió que viniera a advertirle del estado en que se encuentra, y a decirle que me dé todo lo que tenga disponible en la casa sin guardar nada, porque de otro modo lo matarán sin misericordia. Como el asunto apremia, quiso que me pusiera sus botas de siete leguas para cumplir con su encargo, también para que usted no crea que estoy mintiendo.
La buena mujer, asustadísima, le dio en el acto todo lo que tenía: pues este ogro no dejaba de ser buen marido, aun cuando se comiera a los niños. Pulgarcito, entonces, cargado con todas las riquezas del ogro, volvió a la casa de su padre donde fue recibido con la mayor alegría.
. Aseguran que cuando Pulgarcito se calzó las botas del ogro, partió a la corte, donde sabía que estaban preocupados por un ejército que se hallaba a doscientas leguas, y por el éxito de una batalla que se había librado. Cuentan que fue a ver al rey y le dijo que si lo deseaba, él le traería noticias del ejército esa misma tarde. El rey le prometió una gruesa cantidad de dinero si cumplía con este cometido.
Pulgarcito trajo las noticias esa misma tarde, y habiéndose dado a conocer por este primer encargo, ganó todo lo que quiso; pues el rey le pagaba generosamente por transmitir sus órdenes al ejército; además, una cantidad de damas le daban lo que él pidiera por traerles noticias de sus amantes, lo que le proporcionaba sus mayores ganancias. Había algunas mujeres que le encargaban cartas para sus maridos, pero le pagaban tan mal y representaba tan poca cosa, que ni se dignaba tomar en cuenta lo que ganaba por ese lado.
Después de hacer durante algún tiempo el oficio de correo, y de haber amasado grandes bienes, regresó donde su padre, donde la alegría de volver a verlo es imposible de describir. Estableció a su familia con las mayores comodidades. Compró cargos recién creados para su padre y sus hermanos y así fue colocándolos a todos, formando a la vez con habilidad su propia corte.
Y colorin colorado este cuento ha terminado.

Cuento para niños: Nicolasín y Nicolasón de Hans Christian Andersen



Hace un montón de años hubo un pueblo, muy, pero muy pequeño en el que vivían dos hombres que se llamaban Nicolás.

Uno era rico porque tenía 4 caballos y el otro era pobre porque sólo tenía uno. Así que decidieron llamar al rico Nicolasón y al pobre Nicolasín.

Sucedió que uno de los caballos de Nicolasón entró en la huerta de Nicolasín y se comió todos los repollos. Nicolasín se enfadó y le arreó al caballo una patada.

Nicolasón, que tenía un genio endemoniado, se fue a donde estaba el único caballo de Nicolasín y le pegó una pedrada que lo mató.

El pobre Nicolasín le quitó la piel al animal y, después de secarla y curtirla, la metió en un saco y se fue a venderla al mercado. Yendo hacia allí le cogió un aguacero tremendo y, corre que te corre, se fue a refugiar a un pajar que estaba en lo alto de una casita.

Se tumbó en el suelo poniendo bajo su cabeza la piel del pobre caballo y se puso a mirar por unas rendijas que había entre las tablas del suelo.


Desde allí vio que la granjera estaba comiéndose un pollo en compañía de su hermano el cura, y oyó llegar al granjero, que no podía ni ver a su cuñado.


-Hermano, escóndete en este armario, que si te ve mi marido se va a molestar- dijo la granjera.

Mientras, ella metió el pollo al horno.


En eso, apareció el granjero en el pajar, vio a Nicolasín y le invitó a comer a su casa.


El hombre aceptó encantado, pero al ver que la granjera sólo sacaba un plato de sopa, se le ocurrió decir:

En este saco llevo un duende que dice que en el horno hay una comida muy buena..


La mujer no tuvo mas remedio que sacar el pollo y, mientras comían, le preguntó el granjero a Nicolasín:

-¿ Por qué no le dices al duende que nos enseñe al diablo?

Nicolasín dijo algo en la boca del saco y contestó:

- Dice que lo encontraremos vestido de cura, metido en el armario que está al lado del horno.


El granjero abrió el armario, vio a su cuñado y exclamó:

- ¡Es verdad! y además se parece a mi cuñado. Oye, te ofrezco una bolsa de oro por ese duende tuyo, pero debes tirar el armario con el diablo al río.


Iba ya Nicolasín con el armario a cuestas camino del rio, cuando el cura se asomó por la puerta y le suplicó:

- Si me dejas huir te daré otra bolsa de oro.

Nicolasín aceptó encantado y regresó a su pueblo con los bolsillos llenos.

- ¿De dónde has sacado tanto dinero- le preguntó Nicolasón.

- De la venta de la piel del caballo que me mataste.


Nicolasón se lo creyó, mató a sus cuatro caballos y pidió en el mercado dos bolsas de oro por cada piel.

Todo el mundo se burló de él y, lleno de rabia, cogió a Nicolasín, lo metió en un saco y fue a tirarlo al río. Pero por el camino le dio una sed tremenda y entró en una taberna dejando el saco en la puerta.


- ¡Ay! se quejaba Nicolasín dentro del saco- Aún no tengo ganas de ir al cielo.

Yo sí que tengo ganas - dijo un viejo pastor que pasaba por allí.

- Te cambio el puesto.

- Encantado. Pero por favor ocúpate de mis vacas - dijo el anciano.

El Pastor sacó a Nicolasín del saco y se metió él dentro.


Al salir Nicolasón de la taberna, tiró el saco al río. Ya se dirigía a su casa, cuando encontró a Nicolasín con dos hermosas vacas.


Pero hombre, ¿de dónde has sacado esas vacas tan hermosas?

- Del fondo del río. Me parece raro que no sepas que allí hay unos prados estupendos.


Nicolasón que seguía creyen do lo que le decía su vecino y sin acordarse de los cuatro caballos que sacrificó, empezó a ver vacas pastando en los prados debajo del agua, se dirigió al río y se tiró de cabeza con tan mala suerte que cayó en un remolino y... nadie pudo salvarle.

y colorin colorado así termina la historia de Nicolasín el listo y Nicolasón el bruto.

Cuento infantil. La ratita presumida


Érase una vez, una ratita que era muy presumida. Un día la ratita estaba barriendo su casita, cuando de repente en el suelo encontró algo que brillaba era... una moneda de oro.

La ratita la recogió del suelo y se puso a pensar qué se compraría con la moneda.

“Ya sé, me compraré caramelos... uy no, me dolerán los dientes. Pues me comprare pasteles... uy no, me dolerá la barriguita. Ya sé, me compraré un lacito de color rojo para mi rabito.”

La ratita se guardó su moneda en el bolsillo y se fue al mercado. Una vez en el mercado le pidió al tendero un trozo de su mejor cinta roja. La compró y volvió a su casita.

Al día siguiente cuando la ratita presumida se levantó se puso su lacito en la colita y salió al balcón de su casa. En eso que aparece un gallo y le dice:

“Ratita, ratita que bonita estás, ¿te quieres casar conmigo?”.

Y la ratita le respondió: “No sé, no sé, ¿haber como cantas?”

Y el gallo le dice: “quiquiriquí”. “Ay no, no, contigo no me casaré, me asusto.me asusto

Se fue el gallo y apareció un perro. “Ratita, ratita que bonita estás, ¿te quieres casar conmigo?”. Y la ratita le dijo: “No sé, no sé, ¿ haber como cantas?“Guau, guau”., dijo el perro. “Ay no, contigo no me casaré me asusto, me asusto”.

Se fue el perro y apareció un cerdo. “Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo?”. Y la ratita le dijo: “No sé, no sé, ¿y tú que ruido haces?”. “Oink, oink”. “Ay no, contigo no me casaré que ese ruido me asusta me asusta”.

El cerdo desaparece por donde vino y llega un gato blanco, y le dice a la ratita: “Ratita, ratita tú que eres tan bonita ¿te quieres casar conmigo?”. Y la ratita le dijo: “No sé, no sé, ¿y tú qué ruido haces por las noches?”. Y el gatito con voz suave y dulce le dice: “Miau, miau”. “ Ay no, me asusto, me asusto
Se fue el gato y viene un pato: Ratita, ratita que bonita estáas, te quieres casar conmigo? Y la ratita le dijo: "No se, no sé, haber como hablas? y el pato dijo "Cuac, Cuac, - No, no dijo la ratita me asusto, me asusto.

Entonces apareció un ratoncito y al v er a la ratoncita le dijo: ratita, ratita que bonita estas con tu lazo, te quieres casar conmigo, La ratoncita muy impresionada le dijo muy suavemente: a ver, como cantas? y el ratoncito dijo: iiiiiiiii, Ay si, dijo la coqueta ratoncita me gusta, me gusta, me casaré contigo.
Y la boda se realizó, y los ratoncitos vivieron felices y comieron perdices y colorin colorado este cuento se ha acabado.

Cuento: Juan y la planta de habichuelas

Cuento clásico para niños

La Bella Durmiente


La bella durmiente es un famoso cuento de Charles Perrault conocido en el mundo entero



Blogalaxia Tags , , , , , ,
Technorati Tags
, , , , , ,

Walt Disney: El Gato con Botas


El Gato con Botas es una creación de Walt Disney


Blogalaxia Tags , , , , ,
Technorati Tags
, , , , ,

Las Canciones de Blanca Nieves y los 7 Enanitos


Las mejores canciones de Blanca Nieves y los 7 Enanitos interpretadas en idioma español


Blogalaxia Tags , , , , , , , ,
Technorati Tags
, , , , , , , ,

Hans Christian Andersen: "El Soldadito de Plomo"


Érase una vez un niño que tenía muchísimos juguetes. Los guardaba todos en su habitación y, durante el día, pasaba horas y horas felices jugando con ellos.

Uno de sus juegos preferidos era el de hacer la guerra con sus soldaditos de plomo. Los ponía enfrente unos de otros, y daba comienzo a la batalla. Cuando se los regalaron, se dio cuenta de que a uno de ellos le faltaba una pierna a causa de un defecto de fundición.

No obstante, mientras jugaba, colocaba siempre al soldado mutilado en primera línea, delante de todos, incitándole a ser el más aguerrido. Pero el niño no sabía que sus juguetes durante la noche cobraban vida y hablaban entre ellos, y a veces, al colocar ordenadamente a los soldados, metía por descuido el soldadito mutilado entre los otros juguetes.


Y así fue como un día el soldadito pudo conocer a una gentil bailarina, también de plomo. Entre los dos se estableció una corriente de simpatía y, poco a poco, casi sin darse cuenta, el soldadito se enamoró de ella. Las noches se sucedían deprisa, una tras otra, y el soldadito enamorado no encontraba nunca el momento oportuno para declararle su amor. Cuando el niño lo dejaba en medio de los otros soldados durante una batalla, anhelaba que la bailarina se diera cuenta de su valor por la noche , cuando ella le decía si había pasado miedo, él le respondía con vehemencia que no.

Pero las miradas insistentes y los suspiros del soldadito no pasaron inadvertidos por el diablejo que estaba encerrado en una caja de sorpresas. Cada vez que, por arte de magia, la caja se abría a medianoche, un dedo amonestante señalaba al pobre soldadito.

Finalmente, una noche, el diablo estalló.
-¡Eh, tú!, ¡Deja de mirar a la bailarina!
El pobre soldadito se ruborizó, pero la bailarina, muy gentil, lo consoló:
-No le hagas caso, es un envidioso. Yo estoy muy contenta de hablar contigo.
Y lo dijo ruborizándose.

¡Pobres estatuillas de plomo, tan tímidas, que no se atrevían a confesarse su mutuo amor!

Pero un día fueron separados, cuando el niño colocó al soldadito en el alféizar de una ventana.

-¡Quédate aquí y vigila que no entre ningún enemigo, porque aunque seas cojo bien puedes hacer de centinela!-

El niño colocó luego a los demás soldaditos encima de una mesa para jugar.

Pasaban los días y el soldadito de plomo no era relevado de su puesto de guardia.

Una tarde estalló de improviso una tormenta, y un fuerte viento sacudió la ventana, golpeando la figurita de plomo que se precipitó en el vacío. Al caer desde el alféizar con la cabeza hacia abajo, la bayoneta del fusil se clavó en el suelo. El viento y la lluvia persistían. ¡Una borrasca de verdad! El agua, que caía a cántaros, pronto formó amplios charcos y pequeños riachuelos que se escapaban por las alcantarillas. Una nube de muchachos aguardaba a que la lluvia amainara, cobijados en la puerta de una escuela cercana. Cuando la lluvia cesó, se lanzaron corriendo en dirección a sus casas, evitando meter los pies en los charcos más grandes. Dos muchachos se refugiaron de las últimas gotas que se escurrían de los tejados, caminando muy pegados a las paredes de los edificios.

Fue así como vieron al soldadito de plomo clavado en tierra, chorreando agua.

-¡Qué lástima que tenga una sola pierna! Si no, me lo hubiera llevado a casa -dijo uno.

-Cojámoslo igualmente, para algo servirá -dijo el otro, y se lo metió en un bolsillo.

Al otro lado de la calle descendía un riachuelo, el cual transportaba una barquita de papel que llegó hasta allí no se sabe cómo.

-¡Pongámoslo encima y parecerá marinero!- dijo el pequeño que lo había recogido.

Así fue como el soldadito de plomo se convirtió en un navegante. El agua vertiginosa del riachuelo era engullida por la alcantarilla que se tragó también a la barquita. En el canal subterráneo el nivel de las aguas turbias era alto.

Enormes ratas, cuyos dientes rechinaban, vieron como pasaba por delante de ellas el insólito marinero encima de la barquita zozobrante. ¡Pero hacía falta más que unas míseras ratas para asustarlo, a él que había afrontado tantos y tantos peligros en sus batallas!

La alcantarilla desembocaba en el río, y hasta él llegó la barquita que al final zozobró sin remedio empujada por remolinos turbulentos.

Después del naufragio, el soldadito de plomo creyó que su fin estaba próximo al hundirse en las profundidades del agua. Miles de pensamientos cruzaron entonces por su mente, pero sobre todo, había uno que le angustiaba más que ningún otro: era el de no volver a ver jamás a su bailarina...

De pronto, una boca inmensa se lo tragó para cambiar su destino. El soldadito se encontró en el oscuro estómago de un enorme pez, que se abalanzó vorazmente sobre él atraído por los brillantes colores de su uniforme.

Sin embargo, el pez no tuvo tiempo de indigestarse con tan pesada comida, ya que quedó prendido al poco rato en la red que un pescador había tendido en el río.

Poco después acabó agonizando en una cesta de la compra junto con otros peces tan desafortunados como él. Resulta que la cocinera de la casa en la cual había estado el soldadito, se acercó al mercado para comprar pescado.

-Este ejemplar parece apropiado para los invitados de esta noche -dijo la mujer contemplando el pescado expuesto encima de un mostrador.

El pez acabó en la cocina y, cuando la cocinera la abrió para limpiarlo, se encontró sorprendida con el soldadito en sus manos.

-¡Pero si es uno de los soldaditos de...! -gritó, y fue en busca del niño para contarle dónde y cómo había encontrado a su soldadito de plomo al que le faltaba una pierna.

-¡Sí, es el mío! -exclamó jubiloso el niño al reconocer al soldadito mutilado que había perdido.

-¡Quién sabe cómo llegó hasta la barriga de este pez! ¡Pobrecito, cuantas aventuras habrá pasado desde que cayó de la ventana!- Y lo colocó en la repisa de la chimenea donde su hermanita había colocado a la bailarina.

Un milagro había reunido de nuevo a los dos enamorados. Felices de estar otra vez juntos, durante la noche se contaban lo que había sucedido desde su separación.

Pero el destino les reservaba otra malévola sorpresa: un vendaval levantó la cortina de la ventana y, golpeando a la bailarina, la hizo caer en el hogar.

El soldadito de plomo, asustado, vio como su compañera caía. Sabía que el fuego estaba encendido porque notaba su calor. Desesperado, se sentía impotente para salvarla.

¡Qué gran enemigo es el fuego que puede fundir a unas estatuillas de plomo como nosotros! Balanceándose con su única pierna, trató de mover el pedestal que lo sostenía. Tras ímprobos esfuerzos, por fin también cayó al fuego. Unidos esta vez por la desgracia, volvieron a estar cerca el uno del otro, tan cerca que el plomo de sus pequeñas peanas, lamido por las llamas, empezó a fundirse.

El plomo de la peana de uno se mezcló con el del otro, y el metal adquirió sorprendentemente la forma de corazón.

A punto estaban sus cuerpecitos de fundirse, cuando acertó a pasar por allí el niño. Al ver a las dos estatuillas entre las llamas, las empujó con el pie lejos del fuego. Desde entonces, el soldadito y la bailarina estuvieron siempre juntos, tal y como el destino los había unido: sobre una sola peana en forma de corazón.

Blogalaxia Tags , , , , , ,
Technorati Tags
, , , , , ,

El susto de Pepito

Habia una vez un niño que se llamaba Pepito, él era un niño feliz, le gustaba mucho jugar en el parque con sus hermanitos. Su mamá los llevaba con frecuencia, recomendándoles siempre de que no se alejaran sin permiso, pero Pepito era un poco desobediente y distraído.

Un día fueron muy temprano al parque y su mamá como siempre les recomendó no alejarse de ella. Pepito como era también muy curioso divisó una mariposa y se puso a ir detrás de ella, sin darse cuenta que cada vez se alejaba más y más de su familia.


Llegó un momento en que Pepito se alejó mucho y quiso regresar, pero se había perdido; caminó, caminó, pero en dirección equivocada. En eso divisó una casita a lo lejos muy bonita y se dirigió allá para pedir ayuda para encontrar a su mamá.

Tocó la puerta pero nadie contestó, tocó muchas veces y nadie contestaba, pero en eso se dió cuenta que la puerta estaba abierta y entró, Pepito no sabía donde se había metido. En eso sintió un portazo y la puerta se cerró y se encontró con una vieja de muy feo aspecto que le dijo: "Qué haces acá". Pepito le contó que se había perdido y que quería que lo ayude a encontrar a su mamá.

La vieja que no era otra que una bruja lo tomó de la mano y lo encerró en una jaula. Ella era muy mala, a los niños que encontraba solos los vendía a seres inescrupulosos, ese era su negocio. Pepito estaba en peligro.

Una vez que a Pepito lo metió en la jaula, la vieja lo encerró con llave y puso ésta en su bolsillo y se sentó junto a la jaula. Pasó el tiempo y la vieja se quedó dormida. Pepito estaba desesperado, pero, se le ocurrió estirar su mano lo mas que pudo y llegar al bolsillo de la bruja y sacar la llave. Así lo hizo, pero cuando ya iba a alcanzar la llave la vieja bruja se movió y Pepito no pudo hacerlo.

Esperó otro rato y volvió a intentarlo, esta vez tuvo suerte , alcanzó la llave y sin hacer ruido abrió la jaula y corrió hacia la puerta de la casa y antes de que la bruja se diera cuenta, él ya estaba a salvo. Corrió y corrió en dirección contraria llamando a su mamá, ésta al notar que Pepito no estaba también lo estaba buscando y fué asì que se encontraron.

Pepito abrazó a su mamá y despues de ese gran susto le prometió nunca mas alejarse de ella y obedecer sus recomendaciones, y ..... colorín colorado este cuento ha terminado.

(Maria Luz Novoa)

La gallina vieja


Hace muchos años, cuando el niño de este relato tenia 8 años, y lo llamaban Luchito, vivía en una casa que tenía una hermosa huerta, con muchos frutales y tambien muchos animalitos, que a él le gustaban mucho.


Un día le regalaron un hermoso pollito que con el correr del tiempo se convirtió en una gallina, pero sus compañeros de jaula no la querian y siempre peleaban con ella, tanto que la dejaron maltrecha, se le cayeron varias plumas, de un picotón la volvieron tuerta, cojeaba y era la gallina mas fea del corral; pero Luchito así la quería, y siempre el mismo le daba de comer y le puso de nombre :La Vieja.


Pasó el tiempo y un día estaba en la puerta de calle de su casa con sus padres y hermanos y pasó por la acera del frente una señora cargando en sus brazos a una gallina. Esta gallina era tan fea y maltrecha como su gallina. Luchito al ver pasar a la señora con su gallina en brazos, notó que la gallina era igualita a su querida gallina La Vieja, y grito:¡ papá, mamá! ¡Miren a esa gallina igualita a la Vieja. ! Por supuesto que la señora no sabia que en la casa de este niño había una gallina tan fea y se llamaba La Vieja.


La señora escuchó eso y pensó que lo decían por ella, que era igualita a la gallina, y con el ceño muy fruncido apuró el paso y no volvió a pasar nunca más por esa calle.


Y colorin colorado esta historia ha terminado. Escrito por Maria Luz Novoa

¡Sorpresa!


Esto no es un cuento, es verídico pasó hace mucho , mucho tiempo.
Cuando mis hijos eran pequeños, vivíamos en un lugar muy bonito, donde todos los días salía el sol y había mucha vegetación.
Un sábado por la mañana nos despertó un fuerte olor a humo; salimos a la calle y nos sorprendimos al ver que el cerco de ciprés de la casa vecina estaba ardiendo. Llamamos a los bomberos y éstos valientes hombres lo apagaron muy rápidamente antes de que se extendiera a nuestra casa.¡ Menudo susto!.
Al día siguiente , (domingo) fuimos como todas las semanas a oír Misa, y, esta vez me acompañó mi hijo mayor que acababa de hacer su primera comunión.
Oímos la misa , mi hijo José muy concentrado, y con mucha devoción rezaba en silencio.
Llegó el momento de la comunión, así que nos pusimos en la fila para comulgar, José iba delante de mi, y delante de él iban dos señoras mayores, que no paraban de conversar mientras caminaban para recibir la Hostia, En eso veo con sorpresa que José , empezó a pasarle la voz a la señora que estaba delante de él con pequeños golpecitos en la espalda, pero la señora ni caso, siguió hablando hasta llegar a comulgar. A mí por supuesto me dio una gran emoción , ver que mi hijo quería hacer callar a esas señoras pues no era propio que conversaran en esos momentos, y me llené de orgullo que un niño tan pequeñito tuviera ese gesto.
Siguió la ceremonia, y no dije nada. Cuando terminó la misa y salimos de la Iglesia, hablé de ese asunto con él, y le dije llena de emoción,” José que querías decirle a esas señoras que hablaban en un lugar inadecuado? “Ya sabía lo qué me iba a decir, pero mi sorpresa fue grande cuando me dijo:” mamá esas señoras estaban hablando del incendio de ayer y yo quería decirles que el incendio había sido al lado de la casa “…¡ Plaff ¡
Y colorín colorado esta historia ha terminado.- Escrito por Maria Luz Novoa

El cuento de Juan bobo


En una ciudad muy pequeña vivía un niño que por entender las cosas al reves, lo llamaban Juan bobo, su mamá vivía muy preocupada, no sabía que hacer con él.

Todas las mañanas , a la hora de levantarse de la cama,Juan bobo le preguntaba a su mamá: "Mamá, ... con qué me levanto con la cabeza o con los pies" y su mamá le decía:con los pies pues hijito... y al rato se escuchaba BOOMM es que Juan bobo como entendia al revés se levantaba con la cabeza y boom se caía de la cama, y todos los dias eran así.

Juan bobo tenía una hermanita de 2 años, y un día su mamá tuvo que salir y le encargó a Juan bobo que la bañara con un rico jabón que había en el baño, y se fue muy tranquila a comprar.

Pero saben? Juan bobo como entendía todo al reves, bañó a su hermanita con tierra, le lavó la cabeza con barro, en fin la ensució todita. Cuando su mamá regresó, casi se cae de espaldas al ver a su hijita toda sucia. y resondró a Juan bobo, y este le dijo, ... pero... mamá si tu me dijiste que la bañara....

Otro dia, su mamá compró caramelos y le dió a Juan bobo, y le dijo come hijito, esto te va a gustar, pero saben.... que hacía Juan bobo,... comía el papelito y botaba a la basura el caramelito, porque como ya les dije entendía todo al revés.

Cuando se acercó el invierno la mamá tuvo que volver a salir y le encargó a Juan bobo que vistiera a su hermanita, le indicó la ropita que se debía poner y le dijo que cuando la vistiera la sacara al parque a pasear.

Juan bobo como siempre hizo todo lo contrario, le quitó la ropa a su hermanita y calatita o sea sin ropita la sacó a pasear al parque, cuando llegó la mamá casi se cae de espaldas y resondró a Juan bobo.

Un día llegó a la ciudad un gran médico y la mamá decidió llevar a Juan a que lo curen de su mal, dicho y hecho, el médico curó a Juan bobo y este volvó a ser un niño cuerdo.

Pero como todas las mañanas le preguntaba a su mamá: ....- mamá con que me levanto con la cabeza o con los pies y su mamá como ya estaba acostumbrada le dijo con la cabeza hijito y esta vez Juan bobo entendió bien y BOOOM se cayó de la cama porque ahora hacia lo que su mamá le decía y se levantó con la cabeza. Y asi se dió cuenta la mamá que Juanito estaba curado. y Colorin colorado este cuento ha terminado.

Las tres hermanas gagas



Erase una vez, hace mucho tiempo, 3 hermanas casaderas, que hablaban muy mal, y por esa razón no había joven alguno en el pueblo en que vivían que quisiese casarse con ellas. Como ya estaban pasaditas en edad, la mamá no veía la forma de encontrar algún galán que se casara con alguna de ellas para tener descendencia.


Hasta que llegó al pueblo un joven muy atractivo y la mamá se las ingenió para invitarlo a comer a su casa, pero eso si, les prohibió a sus hijas que hablaran, no debían decir ninguna palabra.


Llegó el día y el joven llegó a la casa a comer, todo estaba muy bien, la mamá todo el tiempo hablaba pero ninguna de las tres dijo palabra alguna.


Hasta que llegó la hora de servir el té, y una de ellas cometió el error de decir " está jerve que jerve la jervedera ( está hierve que hierve la tetera) la otra hermana sorprendida le dijo:¡ No te dijo mi mama que no jablaras! (hablaras) y la tercera dijo ;¡ para eso yo no jablé.!


Y las tres hablaron .


El joven al escucharlas, se despidió y nunca más regresó. Y colorín colorado.... este cuento se ha acabado.














El cuento de "pellejo"


Erase una vez, en una casa solitaria, vivia una viejita que no tenía más compañía que la de un perro que se llamaba pellejo.

Una noche se fue a acostar, y cuando se disponía a poner sus zapatos al suelo, vio que debajo de su cama habia un hombre que se suponía era un ladrón

La viejita se asustó mucho pero no hizo notar que se había dado cuenta de tan inesperada visita y, se le ocurrió una idea para salir de tal aprieto.

Subió a su cama y arrodillada empezó a gritar a todo pulmón como si fuese una vieja loca: "Soy una pobre vieja puro hueso y PELLEJOOO! mis brazos son puro hueso y PELLEJOOO!...

Pero sólo era una estrategia para llamar a su fiel y fiero perro. Efectivamente al escuchar su nombre PELLEJO el perro acudió donde su ama y ella aprovechó para indicarle que debajo de su cama había un ladrón. El perro ni corto ni perezoso se metió debajo de la cama y cogió al ladrón del cuello, mientras la viejita llamaba a la policía que no tardó en llegar y agarrar al ladrón.

Es así como el cuento termina y la viejita vivió muy feliz en compañía de su adorado pellejo y colorín colorado este cuento ha terminado.